Dormir no es tan sencillo como acostarse, cerrar los ojos y decir: ya está. Es dejar que la mente, libre y sin ataduras, explore mundos que despiertos jamás alcanzaríamos. Aunque con los años esa travesía se nos hace corta y el amanecer llega demasiado pronto.
Cuando llegamos a cierta edad, la queja más habitual que podemos escuchar es “¿Por qué me despierto de madrugada y luego ya no puedo dormir más?” Sí, es cierto que algunas veces puede influir alguna causa física, como dolores articulares o síndromes de dolor generalizado, como la fibromialgia. También los cambios en nuestro reloj biológico, los niveles de hormonas y la estructura del sueño hacen que nos despertemos. Pero la mayoría de las veces es porque estamos reaccionando a cambios de hábitos. Ya no estamos sujetos a horarios fijos de trabajo, que nos requerían un esfuerzo y más desgaste, dando como resultado más cansancio físico, que necesitábamos paliar con más horas de sueño.
Con esta breve reseña me gustaría acercarles a una investigación sobre el sueño realizada a finales del siglo XX por A. Roger Ekirch, que recopila datos de diarios personales, literatura, textos médicos y registros judiciales europeos, desde el siglo XIII hasta finales del siglo XVIII. Este investigador nos relata en su estudio que durante siglos, antes de que existiera la luz eléctrica, las personas no dormían de un tirón, sino en dos tramos separados por un periodo de vigilia nocturna.
Es una historia muy curiosa. Según sus anotaciones, despertarse en mitad de la noche fue algo normal durante gran parte de la Historia. Se dormía en dos bloques: Primer sueño y segundo sueño.
El primer sueño comenzaba al acostarse, al caer la noche, y duraba unas tres o cuatro horas. Tras esta fase se producía un despertar nocturno que duraba entre una y dos horas, y que la gente dedicaba a cosas tranquilas como rezar, leer, conversar o incluso visitar a sus vecinos. Transcurrida esta fase, se entraba en el segundo sueño: las personas volvían a la cama y dormían otras tres o cuatro horas, hasta el amanecer.
Este patrón era tan común que la gente lo entendía como normal: no había problema en despertarse a mitad de la noche.
La ciencia moderna confirma todo lo narrado: un estudio del psiquiatra Thomas Wehr mostró que, si las personas pasan largos periodos sin luz artificial, su sueño también se organiza en dos bloques, igual que en la época preindustrial.
Si llevamos una vida saludable y durante el día nos encontramos bien, no debería preocuparnos despertarnos de madrugada.
PSIQUIÁTRICO
Nunca debemos temer lo desconocido, porque puede depararnos experiencias únicas y enriquecedoras.
CÁNTAME MANUEL
Se llamaba Manuel y era indigente. Una noche que intentaba dormir un poco refugiado en un portal, unos desalmados le pegaron tal paliza que terminó ingresado en el hospital con lesiones muy graves. Cuando ya estaba casi recuperado y los médicos decidieron darle el alta, se presentó un grave problema, ya que esta persona todavía precisaba de cuidados y no tenía absolutamente a nadie a quien recurrir. El equipo de facultativos, mostrando una empatía y conciencia social encomiables, encontró una solución dentro de los recursos disponibles del centro hospitalario y lo trasladaron a la planta de psiquiatría.
A los dos el sueño nos abandonaba de madrugada y yo sabía muy bien dónde encontrarle, pues compartía mis cigarrillos con él. Le recuerdo siempre sentado en una silla de ruedas, con los pies desnudos, enrojecidos por el frío. Yo me sentaba a su lado, en el suelo, y con todo mi cariño se los arropaba, pero, ¿por qué? Para que me cantaras, Manuel. Cualquier canción que yo te pidiera, tú me la dedicabas con gusto y lo hacías como los ángeles.
Por favor, canta para mí y ayúdame a disipar mis penas, que tu voz es refugio en este encierro impuesto, un hilo de luz que me devuelve la calma cuando me despierto al alba.
