Como ya conté en otro capítulo, tenía 47 años cuando sufrí mi primer brote psicótico. Recuerdo que, al llegar a urgencias, uno de los médicos dijo algo que nunca olvidaré: “No sabemos bien qué está ocurriendo, pero cada vez vemos a más mujeres de tu edad pasando por lo mismo”.
Nací en 1955 y pertenezco a una generación de mujeres a las que nos hicieron creer que, cuando se retiraba la regla, se acababa el mundo. Se asociaba el valor de la mujer a su atractivo, a su capacidad reproductiva y a su rol familiar. Nuestra juventud se desarrolló en los años 70 y 80, una época en la que la menopausia era un tema prohibido, casi vergonzoso. Y cuando alguien se atrevía a mencionarla, lo que escuchábamos era un desfile de sentencias crueles: “Vas a engordar, te arrugarás, el deseo desaparecerá, en el trabajo ya no servirás…”. Nos educaron para pensar que, al llegar a esa etapa, la mujer perdía su utilidad.
La menopausia es una etapa natural en la vida de la mujer. Sucede cuando los ovarios dejan poco a poco de producir las hormonas femeninas y la regla desaparece definitivamente. El cuerpo nota el cambio: pueden aparecer sofocos, sudores nocturnos, insomnio, más sensibilidad emocional, ansiedad o tristeza. El cerebro también lo nota, ya que los estrógenos ayudan a equilibrar sustancias que regulan su estabilidad. Cuando bajan mucho, puede volverse más sensible. Si una mujer ya ha tenido una vida difícil, mucho estrés o traumas, o tiene predisposición genética, su cerebro puede ser más vulnerable. En esos casos, la bajada de estrógenos puede actuar como un empujón que despierta un problema mental que estaba dormido. No es la única causa, pero puede ser el desencadenante en personas muy sensibles.
Ser conscientes de todo esto cambia la mirada: Saber dónde estás en cada momento. Entender lo que le pasa a tu cuerpo y a tu mente y descubrir con el paso de los años que aquello que te dijeron no era verdad, que la vida no se acaba después de la menopausia.
Al contrario, se abre otra etapa. Una etapa donde te conoces mejor, donde ya no tienes que demostrar nada, donde eliges con más libertad. Cuántos proyectos soñamos y también cumplimos. Cuántas cosas seguimos aprendiendo. Cuánta fuerza descubrimos dentro. El deseo no desaparece: se transforma, se vuelve más consciente, más sereno, más propio.
¿Y la felicidad? No estaba en la juventud. Estaba en entender que no era el final, que era otro comienzo.
PSIQUIÁTRICO: Un día más aprendiendo a resistir.
Habitación de juegos: dos mujeres de la misma edad sentadas frente a frente, un puzzle sobre la mesa.
- Hola, soy Carmen, encantada.
- Yo soy Belén, ¿te puedo ayudar?
Algunas veces el laberinto de la vida es difícil de encajar. Se miran y sonríen, consiguen colocar una pieza. Carmen pregunta:
- ¿Tú qué haces aquí?
- Pues dicen que estoy mal, que digo cosas raras, que tengo comportamientos fuera de lo normal, pero yo estoy bien – responde Belén encogiéndose de hombros.
- ¿Y entonces?
- Mi familia se empeñó. Decían que era lo mejor, que aquí me ayudarían… Yo no quería preocuparlos, así que acepté para que estuviesen tranquilos y con la esperanza de volver a casa.
Se vuelven a mirar y consiguen encajar otra pieza del engranaje.
- Yo también estoy bien, Belén.
- ¿Sí?
- Sí, pero lo mío es diferente. Es un secreto que no puedo contar. Digamos que… es más seguro que esté aquí.
- ¿Seguro?
- La policía dice que es por mi protección, que es mejor que me tengan por loca. Así nadie hace preguntas.
Se observan en silencio unos instantes.
- Entonces tú también estás bien – dice finalmente Belén.
- Sí, al igual que tú – responde Carmen sonriendo suavemente.
- Entonces las dos estamos bien.
- Eso parece.
- ¿Y por qué estamos aquí?
- Porque a veces el mundo no entiende ciertas cosas y lo que no entiende lo encierra.
Se produce una larga pausa.
- ¿Sabes qué pienso?
- ¿Qué?
- Que quizás no estemos tan equivocadas… Solo somos incómodas, o demasiado sinceras o demasiado valientes.
Otra pieza que encaja. Las dos miran el dibujo, que empieza a tomar forma.
- ¿Te das cuenta? Lo estamos consiguiendo. Quizá nunca estuvimos tan rotas como dijeron…
