Siempre que tengo oportunidad me gusta contar esta pequeña reflexión que hacía cuando era joven. En ella decía, cómo no, que me gustaría llegar a ser una persona mayor. Cuán equivocada estaba, porque pensaba que alcanzaría la vejez con la misma fuerza, salud, vitalidad y coherencia mental que a los veinte años.
Hoy, desde aquí, desde el otoño de mi vida y con la serenidad que uno se gana a pulso, me doy cuenta de que no es así. La vida, con su crueldad, te va dejando huellas en el cuerpo… y las peores son esas que reposan en tu alma recordándote que todo lo que hoy tienes, en un segundo, lo puedes perder.
PSIQUIÁTRICO
He reservado esta historia para el final porque trata de la persona con la que más conviví durante mis días de encierro. Era mi compañera de habitación. Se llamaba María Luisa, tenía 85 años y una larga y triste historia a sus espaldas. No podía levantarse de la cama: tenía una pierna escayolada y magulladuras graves por todo su cuerpo.
Su familia, cuando dejó de serles útil, se desentendió de ella y la internó en un geriátrico. No recibía visitas, ni ninguna muestra de cariño o agradecimiento por toda una vida dedicada a los demás. No pudiendo soportar tal situación, se tiró por el balcón. Sus lesiones físicas y mentales propiciaron nuestro encuentro. Cada vez que la veía llorar, me hacía plenamente consciente de las consecuencias de la soledad en las personas mayores.
La amistad con María Luisa perduró en el tiempo. Cuando nos dieron el alta a las dos, la visitaba asiduamente en la residencia de ancianos. Su fallecimiento fue un duro golpe para mí.
POEMA
Las lágrimas en los ojos de un anciano son las lágrimas más tristes que uno haya podido ver, porque son lágrimas pidiendo clemencia, rogando un poco de amor, por un daño del que se le acusa, sin motivo ni razón.
Se le culpa de ser viejo, de que interrumpe el camino, de que ya no rinde como rindió. La condena: la indiferencia, el “te miro con desafecto”, el “ya me olvidé de ti”.
¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras? Ya nadie pregunta por él. Solo ven un trasto viejo, que ya sirvió y dejó de servir.
Una lucha, un hervor en su corazón se revuelven y, a cada latido, pregunta: ¿era equívoco o acierto lo que yo antes sentía? Pues pensé que me querían y acabé dándome cuenta de que estaba equivocado, de que eso no era así, solo lo parecía, pues mientras valía, valía, pero cuando eso terminó, me convertí en un objeto de esos de usar y tirar.
Las lágrimas de un anciano son lo más triste que vi.
Finalmente llegó el día 14, cuando me dijeron: “Mañana obtendrás tu libertad”. Una alegría inmensa recorrió todo mi cuerpo. Tras días de incertidumbre, de que nadie me dijera absolutamente nada, por fin podría volver a mi casa. Los nervios se apoderaron de mí y pasé la noche entera en estado de duermevela.
Me levanté muy pronto; la planta estaba inmersa en un silencio que casi asustaba, solo roto por la luz del mostrador de enfermería. Sigilosamente me acerqué a mi armario, donde pacientemente esperaba la ropa con la que había ingresado en el hospital: un pantalón de pata ancha color berenjena y un jersey a rayas haciendo juego con él. Me lo puse con la misma ilusión con la que uno se viste para uno de los mejores acontecimientos de su vida.
Me miré en el pequeño espejo del cuarto de baño y, después de todos esos días pasados, siempre cubierta por un camisón blanco, me vi… guapísima.
Pero mi gozo fue tan efímero como un suspiro, pues, en cuanto me vio la jefa de planta, se desató un vendaval que, sin ningún tipo de miramiento, me llevó por delante.
—¿Quién te ha dado permiso para vestirte de calle? ¡Cámbiate ahora mismo!
