RELATO GANADOR DEL IV CONCURSO DE RELATOS “ NO ME LLAMES SOLEDAD “ ORGANIZADO POR LA FEDERACIÓN ASTURIANA DE CONCEJOS
Lágrimas viejas
El tiempo pasa lentamente en este encierro. Nunca pensé que esto podría llegar a pasarme a mí, siempre creí que el psiquiátrico era para esas personas que hablan solas y que escuchan voces, pero yo… Yo solo invento historias, soy escritora, pero dicen que crucé la línea que divide lo real y lo fantástico.
Cuando llegó ella, yo ya llevaba varios meses encerrada, presa de una de “mis fantasías”. Para entonces ya conocía todos los entresijos de esta prisión. Las enfermeras solo te dirigían la palabra para decirte que te tomaras la medicación, los días todos idénticos marcados por el protocolo y normas, normas y más normas.
Siempre estuve sola en la habitación. Su llegada fue todo un acontecimiento para mí, la cama 201 ya no era un lugar silencioso y olvidado. Ahora tenía dueño, una historia, una presencia que rompía la monotonía de mis días. Tenía una mirada triste, ausente, de la que brotaba un mar de lágrimas. La cara llena de moretones y una pierna escayolada. La oí preguntar si este era otro lugar donde iban a olvidarla. Nadie le respondió, nadie nunca responde en este sitio. Traía de compañía a dos enfermeros idénticos, como dos gotas de agua que llegaron para quedarse. Les escuché comentar “no estaremos mucho tiempo aquí”. Eso me hizo contener el aliento, ¿por qué?, ¿qué estaban esperando?.
Acomodaron a la enferma y se marcharon olvidando el informe de esta. La curiosidad despertó en mí el deseo de saber. Se llamaba María Luisa, tenía 85 años y lesiones muy graves, tanto físicas como psíquicas. Se había tirado por el balcón del asilo.
Sentí que unos pasos se acercaban. Rápidamente solté lo que tenía en las manos y me puse a mirar por la ventana. Recogieron lo olvidado y se marcharon. Me senté a su lado y la acaricié suavemente, intentando calmar su llanto acompañado de rezos casi ininteligibles. Me miró y apuntó con un dedo hacia la bolsa que contenía sus efectos personales. La abrí. Entre su ropa y productos de aseo se encontraban un diario y un rosario de cuentas negras y cruz de plata. Tras un breve titubeo, opté por el rosario. Con mucho mimo, lo coloqué entre sus dedos. Esto la tranquilizó y se quedó dormida.
Mi interés hacia ella crecía por momentos. No podía quitarme de la cabeza el cuaderno que había visto en la bolsa y si en él se encontrase algo revelador, algo que sirviera para ayudar a aquella pobre mujer. ¿Qué planeaban sus acompañantes? Protegida por la oscuridad de la noche, lo sustraje y me dispuse a leer.
“La supervivencia después de una guerra no es nada fácil. Vivía en el campo con mis padres, en esa época yo acababa de celebrar mi 18 cumpleaños. Estábamos preparando la tierra para sembrar, cuando los vimos aparecer: un grupo de cinco hombres, de los rezagados, de los que todavía andaban celebrando la victoria. Estaban tan borrachos que podría decirse que se les había anulado por completo el sentido de la cordura.
Nos apuntaron con sus armas. A mis padres les encerraron en la cuadra con los animales y a mí, a trompicones y entre risas y palabras obscenas, me introdujeron en la cocina de la humilde casa donde vivíamos. Con una violencia extrema, me despojaron de mi ropa. Al sentirme desnuda y desprotegida, sin nadie a quien poder pedir ayuda, me sentí desfallecer de temblor y miedo. Cinco hombres que despedían un olor nauseabundo, cinco braguetas diferentes que se abrieron al mismo tiempo dejando al descubierto sus partes más íntimas.
Uno a uno y con una brutalidad inefable, fueron perpetrando el acto más vil que se puede cometer contra una mujer, “la violación”. Fue tal el salvajismo que emplearon, que perdí el conocimiento. Pero en mi mente siempre quedará el recuerdo de sus caras, sobre todo la de dos de ellos que eran idénticos. Sus miradas destilaban placer retorcido, como si disfrutarán viendo el sufrimiento ajeno sin el menor atisbo de compasión.
La recuperación física fue muy lenta, y la mental… Nunca volví a ser la misma de antes. La chispa y la alegría que desprendía mi mirada, se quedó para siempre atrapada en el tiempo, en aquella aberración de la que fui víctima.
Cuando ya estaba casi recuperada de mis lesiones, empecé a encontrarme mal, a sentir náuseas, mareos, vómitos… No podía probar bocado, todo lo rechazaba. Acudí al médico, que terminó de confirmar los temores que llevaban días rondándome la cabeza: estaba embarazada y además de gemelos. Me quedé traspuesta, no sabía qué decir ni qué hacer. Me di un tiempo para sopesar la situación y finalmente tomé la decisión de traerlos al mundo. Ante todo eran mis hijos y totalmente inocentes respecto a la forma en que habían sido engendrados.
Fue una vida de lucha constante. Realicé todo tipo de trabajos para que mis padres pudieran tener una vejez digna. Crié a mis hijos con gran dificultad y sacrificios. Renuncié a mis sueños por ellos, para que tuvieran la oportunidad de estudiar. Ser madre soltera en aquellos tiempos no era tarea fácil. Me olvidé de que yo existía para ocuparme de los demás.
Mis padres fallecieron y mis hijos fueron creciendo fuertes y sanos. Realmente les amaba y mi amor hacia ellos era incondicional. Pero había algo que me hacía estremecer de temor: cuando les miraba a los ojos, me encontraba con la mirada vacía y falta de empatía de aquellos dos hombres clavados que en el pasado me habían forzado.
Los años fueron sucediéndose casi sin aviso. Cuidaba, atendía, resolvía… y sin darme cuenta, llegó la tan temida vejez. Ya no podía trabajar ni ayudarles en sus vidas. Empezaron a verme como una carga, a decirme que se me estaba yendo la cabeza y que hacía tonterías, que era una mancha en su reputación. Primero fueron las excusas, lo siento mucho mamá, hoy no puedo, estoy muy ocupado, en otro momento, ya vemos mañana… Así un día y otro día.
La soledad era lo único que tenía. Casi no podía valerme, así que estaba sucia, mal comida y abandonada. Un día, se presentaron muy enfadados, diciendo tenemos que acabar con esto y me llevaron a una residencia”.
La frase final del diario me dejó inquieta, pues no parecía escrita por la misma persona: No esperaré a morir lentamente en el olvido.
Casi estaba amaneciendo cuando escondí el diario en mi mesilla. Las enfermeras vinieron a buscarme. Mi adicción al tabaco se había incrementado. Los nervios y la ansiedad contribuyeron a ello. Me llevaban a la planta de radiología y luego a la consulta de neumología para hacerme todo tipo de pruebas, no sin antes pasar por el control de enfermería para dejar constancia de esta salida.
Los dos enfermeros, agazapados en un rincón, susurraban algo que me hizo palidecer: no le lleves la medicación, solo es un trasto viejo.
Me tuvieron de un lado para otro prácticamente hasta la hora de comer, en la que me devolvieron a mi cautiverio. Cuando llegué me quedé petrificada: la cama 201 estaba vacía, María Luisa había desaparecido.
Salí corriendo al pasillo. Las enfermeras pululaban de un lado a otro. Les pregunté por la anciana, por los dos enfermeros, pero nada, como siempre nada… El silencio fue la respuesta. ¿Me estaba volviendo loca? O quizás ya lo estaba… No, no podía ser, que esto estuviera ocurriendo otra vez… ¿Y si todo era otra de mis fantasías? Busqué desesperadamente en el cajón del mueble donde había escondido la libreta que demostraba que María Luisa existía, pero tampoco estaba.
¡No, esto no está pasando! ¡No puede ser, no puedo más con esta situación! Me tumbé encima de la cama, con la cabeza escondida entre las manos y lloré. Lloré hasta el agotamiento. No podía contar nada de esto, pues me volverían a subir la medicación. Giré la cabeza para acomodarme y, al mirar hacia abajo, me pareció ver algo a los pies de la cama de al lado. Olvídalo, ya estás otra vez, son figuraciones tuyas. Me agaché y cuando lo tuve entre mis manos, no supe si sentirme aliviada o temerosa. ¿Era una cuenta del rosario de María Luisa…?
Las lágrimas en los ojos de un anciano son las lágrimas más tristes que uno haya podido ver, porque son lágrimas pidiendo clemencia, rogando un poco de amor, por un daño del que se le acusa, sin motivo ni razón…
Se le culpa de ser viejo, de que interrumpe el camino, de que ya no rinde como rindió. La condena, la indiferencia, el te miro con desafecto, el ya me olvidé de ti.
¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras? Ya nadie pregunta por él. Solo ven un trasto viejo, que ya sirvió y dejó de servir.
Una lucha, un hervor, en su corazón se revuelven, y a cada latido pregunta, ¿era equívoco o acierto, lo que yo antes sentía? Pues pensé que me querían y acabé dándome cuenta de que estaba equivocado, de que eso no era así, solo lo parecía, pues mientras valía, valía, pero cuando eso terminó, me convertí en un objeto de esos de usar y tirar.
Las lágrimas de un anciano son lo más triste que vi.
