
El carro
Yera un carro xuncio con un xugo a dos vaques
que, cada mañana, camino del campo,
pasaba por la caleya que linda con mi casa.
Yo, mujer de ciudad,
recién llegada a esta aldea milenaria
donde las horas son días y los días semanas,
donde el tiempo no pasa,
donde te invade la calma…
lo miraba pasar como quien despierta de un largo sueño.
Llegué destrozada de agobios y prisas,
pero, poco a poco y sin darme cuenta,
cada vez que aquel carro pasaba,
algo en mí ocurría.
Las heridas se cerraban y el alma recobró la calma,
porque en el rodar de sus ruedas,
un susurro me habló:
“Bienvenida a este paraíso.
Quédate aquí, la vida rural tiene otro ritmo.”
Y comprendí que no hacía falta más:
La tierra, el silencio, el paso lento…
Eran justo lo que mi corazón me estaba pidiendo.
