Perder un hijo es lo peor que le puede pasar a una madre. Eso me lo repetía siempre que veía que algo así sucedía. Pero, ¿conocía de verdad el alcance de esa tragedia? No, no lo sabía, hasta que me vi de frente con ella. Entonces el mundo se derrumbó a mi alrededor y me preguntaba, una y otra vez: ¿por qué? ¿Por qué a ella?
Y ahora, Esther, tú estás pasando por esos momentos tan difíciles. Sé que la angustia se apodera de ti y que, por más vueltas que le das, no consigues comprender por qué.
Todo es tan efímero. Todo cambia con tanta rapidez que te hace sentir que el mundo en el que habitas ya no es el mismo. No, no puede ser el mismo. Tu corazón, desgarrado, suplica que todo sea un mal sueño del que puedas despertar.
A veces consigues distraerte con cualquier pequeña cosa y, con una crueldad inmensa, el día a día que sigue su curso te devuelve de golpe a la ausencia. Entonces vuelves a la realidad y comprendes que es verdad, que tu hijo ya no está. Un temblor recorre todo tu cuerpo y sientes que las fuerzas te abandonan.
Tiempo, Esther, tiempo.
No para cerrar la herida, porque, por muchos años que vivamos, esa herida siempre permanecerá abierta, sino para ayudarnos a aceptar lo inaceptable y a aprender a convivir con esa presencia silenciosa que, con infinita ternura, nos regala el recuerdo.
De madre a madre te diré que nunca volverás a ser la misma; eso es imposible. La vida nos arrebató un trozo de nuestro ser, una parte de nuestra alma. Sin embargo, también descubrirás, poco a poco, que el amor por un hijo no desaparece con su ausencia. Permanece con nosotras, transformado en memoria, en añoranza y en ese vínculo eterno que ni siquiera la muerte puede romper.

