Capítulo XIV – Lo invisible asusta –

El ingreso en un psiquiátrico, como ya dije en algún momento, no es una experiencia nada halagüeña. ¿Por qué? Sencillamente porque, a pesar de los avances científicos y del creciente acceso a la información, las enfermedades mentales siguen siendo un terreno cargado de prejuicios. A diferencia de otras dolencias físicas que se pueden ver, medir o diagnosticar con aparatos, los trastornos de la mente habitan en un territorio invisible y lo invisible asusta. La sociedad teme aquello que no comprende y ese miedo se transforma demasiadas veces en rechazo.


Durante décadas, este tipo de enfermos han sido retratados como peligrosos, inestables o incapaces de llevar una vida normal. Esta imagen deformada, alimentada por desconocimiento, mitos y representaciones sensacionalistas, ha generado una distancia injusta entre “ellos” y “los demás”.

Muchos prefieren callar, esconder sus síntomas o evitar pedir ayuda para no cargar con la etiqueta de diferente, inestable o peligroso (como si esos estigmas no existieran en todos los ámbitos de la sociedad).


En mi caso tengo que decir que todas esas leyendas urbanas registradas en mi mente desde muy temprana edad me llevaron, cuando enfermé, a tener fobias tan graves que me empujaron a pensar durante algunos periodos de tiempo que ser un loco era sinónimo de ser un criminal. Más adelante escribiré sobre este tipo de patologías. Tenemos la fea costumbre de estereotipar, sin ser conscientes del daño que podemos hacer.

La discriminación no surge solo del miedo o la ignorancia, sino también de la incapacidad colectiva para empatizar, porque aceptar la enfermedad mental implica reconocer que cualquiera -amigo, vecino o familiar- podría atravesar un episodio similar en algún momento de su vida y esa idea incómoda. Yo, a través de estos capítulos de historias de la mente, doy fe de que es así y espero que sirvan para hacer recapacitar, si no a todas, al menos a algunas personas.

PSIQUIÁTRICO


Otro día más rodeada de personas marcadas por un mismo denominador común: la pena y el sufrimiento. Poco a poco me voy familiarizando con el entorno y con lo que queda de estos seres humanos. Con algunos se puede tener una relación bastante aceptable, pero hay otros que son verdaderos vegetales, abandonados en cualquier rincón, mirando al vacío e incapaces de articular una sola palabra. Tratar de entablar una conversación con ellos, por pequeña que sea, es un esfuerzo fallido: son el resultado de traumas demasiado severos o tratamientos muy fuertes.


VOLVER A BRILLAR


Siempre he disfrutado probando y experimentando con tratamientos de cuidado personal. En aquella época tenía un neceser tipo maletín en el que llevaba de todo: cremas, mascarillas, desmaquillantes, perfume, pinza para depilar, productos para manicura y para el pelo… Y, cómo no, desconociendo el tiempo que estaría ingresada, le dije a mi familia que me lo trajese y aquí, cuando duermes, siempre hay sombras que se mueven por todas partes enterándose de lo que hay y de lo que ocurre.

Una de las pacientes entró corriendo en mi habitación y, sin mediar palabra, cogió el maletín y se dirigió hacia su estancia, donde se encontraba una compañera… Esta última se llamaba Elena y era una muchacha con cara de niña, que parecía llevar años de desgaste. Estaba desaliñada y abandonada: las uñas, las cejas y un bigote sin depilar desde tiempo indefinido. No era que no pudiera cuidarse, es que ya no encontraba motivo alguno para hacerlo. Dormía mal y comía poco, apenas hablaba y, cuando lo hacía, su voz era un hilo cansado, como si cada palabra le costará un esfuerzo inmenso.

Su marido la había abandonado llevándose con él a sus dos hijos de corta edad, alegando que ella no reunía las condiciones físicas ni psíquicas para atenderlos. Entre otros pacientes y yo, haciendo uso de mi maletín, convertimos la sala en un instituto de belleza. Después de realizarle un cuidado completo, acompañado de mucho amor y cariño, descubrimos que debajo de aquella depresión mayor, habitaba una mujer fuerte y poderosa llamada Elena, que solo necesitaba un empujón para volver a encontrarse. Y cosas de la vida, fuimos precisamente nosotros, “los locos”, como el mundo nos llama a veces, nosotros, los que conocemos de primera mano el peso del dolor y la fragilidad, los que le dimos un poco de luz: la que quizás no encontrábamos para nosotros mismos, pero que supimos ofrecerle a ella.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *