Capítulo XI – ¿Qué me pasó? –

Aunque llevo meses contándoles mi vida capítulo tras capítulo y aparentemente creyendo saber lo que me sucedió, realmente no es así…

¿Cuántas personas han tenido una vida quizás mucho más complicada que la mía y no terminaron en un psiquiátrico? No quiero dejar de mencionar un comentario de uno de los facultativos que me atendió: “No sabemos lo que está pasando, nos están llegando muchas mujeres de tu edad con el mismo problema.”

Llegué a la planta muy mareada y aturdida por la medicación que me habían suministrado. Un reconocimiento rápido de todo el recinto me hizo sentir mucho peor aún de lo que estaba. La puerta se cerró tras de mí con un clic metálico que resonó como una sentencia. Los pasillos, largos con paredes de un blanco gastado, lejos de transmitir calma, inducían cierta sensación de asfixia. Las ventanas, con rejas para impedir cualquier intento de huida, nos recordaban que ya no teníamos acceso al mundo exterior.

Allí dentro no se sabía si era de día o de noche, porque la luz artificial nunca cambiaba. Me encontré con otros pacientes por el pasillo, presencias inquietantes que murmuraban al pasar a su lado. Algunos reían en momentos extraños, otros simplemente miraban al vacío con ojos de vidrio. Constituían un coro fragmentado, una sinfonía del desorden.

Mi mente intentaba poner un poco de claridad en todo este caos. Tenía la sensación de haber extraviado mi identidad, no sabía si estaba allí para curarme o para perderme del todo. En el reflejo metálico de una ventana enrejada apenas me reconocía.

Me llevaron a un despacho donde nuevamente un especialista en salud mental me atendió para evaluarme. La pregunta siempre era la misma: ¿Qué te pasa? Y la respuesta, como un mantra repetitivo y machacón… Me persiguen y me quieren matar.

Acércate a la ventana- me dijo. -¿Qué ves?

– Un señor fumando en la calle- le respondí.

El médico, con la noble intención de acercarme a la realidad, me hizo la siguiente observación:

– Tú dices que te persiguen, pero esa persona puede estar descansando un rato de su trabajo, o quizás esté esperando a alguien que se encuentra en consulta.

Muy segura de mí misma y con rabia contenida, le dije:

– Sí, pero las tres posibilidades son viables, ¿no?

Aunque se trata de una anécdota breve, su profundidad y significación la convierten en un elemento de gran relevancia para orientar un diagnóstico. Al decir que las tres eran viables daba muestras de pensar en términos de probabilidad o posibilidad, no solo en blanco y negro. Esa capacidad de manejar ambigüedad no es común en pensamientos delirantes muy rígidos, lo que da seriedad a su razonamiento. La duda es un signo de lucidez, no necesariamente de debilidad.

Tras aquella conversación, mi cabeza no dejaba de girar en un torbellino de pensamientos, buscando darle sentido a la situación, cuando de repente una simple sonrisa del especialista cambió todo por completo. Fue como si la magia se apoderara de la situación abriéndome la puerta a un mundo nuevo y maravilloso, donde todo lo que me ocurría parecía ser la solución.

¡Claro, cómo no me había dado cuenta antes! La policía estaba detrás de todo esto y en medio de ese vaivén, mi propia psique parecía susurrarme: “Te atormento, sí, pero también soy el bálsamo que te consuela”.

La secreta, siguiendo un plan magistral, me presentaba como loca. El ingreso en el Centro era, según ellos, para protegerme, y aquella interminable ristra de pastillas que me pautaron (seis en total), me hizo dudar: ¿eran realmente necesarias tantas? Para mí no fueron más que placebos.

Así que, a partir de ese momento, me acomodé en la habitación 805 y aunque hubo malos momentos – que les aseguro que existieron-, mi mente no los registró.

Me convertí en la loca más cuerda jamás ingresada en un hospital de salud mental.

Quince días entre rejas y sombras dieron origen a un caudal de historias que les iré narrando. Las personas con las que compartí ese tiempo dejaron su huella en mí.

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