No, los locos no hablan solos. Es una creencia que he mantenido durante muchos años y, con el tiempo, la ciencia me ha dado la razón. No hay mejor escuela que la vida misma.
Les recuerdo que, antes que yo, estuvo mi abuela y todas las vivencias que ella atravesó me sirvieron más adelante como doctrina ya aprendida. Pasó varios años postrada en una cama y sus únicas distracciones eran fumar y conversar… ¿sola? No, nunca, pero era su gran secreto, porque cuando yo le preguntaba “Güelina, ¿con quién hablas?”, ella siempre me respondía: “Nada, niñina, con un vecino”.
A hurtadillas la observaba, registrando cada parte de la conversación. Lo que más me llamaba la atención eran los silencios, que mostraban que su interlocutor hablaba mientras ella escuchaba. Algunos eran largos, otros más cortos, según fuese el contenido de la charla y cómo respondía: tranquila, airada, o incluso muy enfadada.
Hablar solo es un fenómeno natural de la mente humana, no es exclusivo de la enfermedad. Los niños lo hacen constantemente. Los adultos también, aunque lo camuflen: cuando estamos nerviosos, cuando ensayamos algo, cuando nos regañamos, cuando discutimos mentalmente con alguien que no está…
Lo que pasa es que socialmente nos negamos a aceptarlo, porque no queremos ver lo que significa. Tener a alguien ausente con quien sigues hablando revela duelo, soledad, culpa, deseo, heridas no cerradas… y a la sociedad le aterra la vulnerabilidad. Por eso señala, simplifica y excluye.
Pero, en realidad, “hablar solo” es profundamente humano. Yo también tenía mi interlocutor, pero al igual que mi abuela, cuya respuesta siempre era una evasiva de un secreto bien guardado, también les diré que hablaba con un vecino.
Les hago un resumen de la percepción que, a lo largo de la historia, se ha tenido de los que hablan solos: Durante la Antigüedad y la Edad Media, hablar solo era sinónimo de locura, posesión o pecado. En el siglo XlX, la psiquiatría observa el fenómeno y lo relaciona con la enfermedad mental. Durante el siglo XX, la psicología reconoce el diálogo interno natural, incluso en los casos de enfermedad mental. Actualmente, en el siglo XXI, existe una comprensión humanizada: nadie habla solo, siempre hay un interlocutor interno.
En conclusión, “hablar solo” puede ser un signo de sensibilidad, duelo, trauma o pensamiento intenso.
LA HABITACION PROHIBIDA
Psiquiátrico, tercer día.
Nada más ingresar en planta, se produjo una de las primeras advertencias que recibí: no entres en esa habitación, está prohibido y es muy peligroso. Pero yo pertenezco a ese grupo de personas para quienes las prohibiciones solo sirven para avivar aún más la curiosidad. El cuarto me quedaba de paso cuando iba a la sala de fumadores y un día en que la intriga ya me carcomía, aproveché que nadie estaba vigilando en ese momento y asomé la cabeza a aquella estancia oscura y lúgubre. Me pasé toda la noche dando vueltas, intentando conciliar el sueño, pero fue imposible: lo que había visto me había dejado impactada. ¿Y si en ese lugar había algo que yo debía de saber?
Cuando pasó la ronda con los desayunos, ya tenía la decisión tomada. Contra toda advertencia, sorteé los obstáculos que fui encontrando hasta llegar de nuevo a aquel lugar.
Me quedé unos instantes observando. En el interior se encontraba un hombre de unos cincuenta años, complexión fuerte y muy atractivo, tanto como para que la extrañeza me llevara a preguntarme qué hacía allí, vestido de calle, sin que siquiera le hubieran quitado los zapatos y atado
fuertemente a la cama con unas correas de cuero sucias y gastadas.
¿Cuántos días llevaría así? Tenía el aspecto de quién acaba de librar una dura batalla. “No deberías de estar aquí”, me dijo él de pronto, “te lo dije antes de que entraras”. “No me dijiste nada, nos acabamos de conocer”, le respondí, a lo que él contestó “¿No te das cuenta de que soy tu protector, de que estoy aquí para cuidarte? Dicen que estoy loco y que soy peligroso, pero solo es una tapadera”. No hubo más palabras, no las necesitamos. Nuestras miradas fueron suficiente para entender la situación.
Me agaché para ponerme a su altura y estreché su mano con la mía durante unos segundos.
“Vete”, me dijo en voz baja, “antes de que alguien te vea y también te digan que estás loca por entrar aquí”. Él hizo un gesto mínimo indicando sus correas: “te tocará este sitio”. Retrocedí despacio, sin apartar los ojos de los suyos y antes de salir él añadió: “Dile a los demás que sí, que hablo solo, pero diles también… que nunca hablo con nadie que no exista para mí”.
No volví a entrar más en aquella dependencia. Tiempo después, el destino hizo que nos encontráramos por la calle. Nos miramos de soslayo y nos fuimos alejando sin decirnos nada. Quizás queríamos preservar nuestra seguridad, o quizás no deseábamos romper aquellos momentos mágicos en los que dos locos se dieron la mano.
