Dos desconocidos. Dos vidas completamente diferentes que confluyeron en un mismo punto de encuentro.
RocÃo estudia primero de humanidades. En su corta vida ha sido siempre una persona afable y de buen carácter, sobrada de empatÃa, siempre pendiente de los demás. Sus padres nunca han tenido que recriminarle ninguno de sus actos.
Se acerca su cumpleaños y estos le regalan un coche. Ella se lleva la sorpresa de su vida, pues aunque ya hacÃa tiempo que soñaba con él, no se lo esperaba y para celebrarlo queda con sus amigos.
Miguel, cuarenta y cinco años, casado y padre de tres hijos, es madrugador por necesidad, ya que trabaja en una tahona en el pueblo de al lado.
Su rutina diaria comienza a las cinco de la mañana, pero ese dÃa uno de sus hijos le reclama para hacerle una consulta, retrasando su salida y abriendo con ello el paso al tercer personaje de esta pequeña historia: el destino.
En la rotonda de La Matiella, dirección Tabaza, una tormenta produce un argayu que invade el carril derecho de la vÃa, dejándolo intransitable.
Mientras, en otro lugar y después de una noche de juerga, desenfreno y flirteo con el alcohol (al que ella no estaba acostumbrada), RocÃo regresa a su casa ya rondando el amanecer y en ese mismo amanecer, después de una noche tranquila, de descanso y sueño reparador, Miguel coge su bicicleta y se encamina a su trabajo.
RocÃo, Miguel, el coche, la bicicleta, el alcohol, la rotonda, el argayu y el fatÃdico destino se juntan en el mismo punto y se llevan por delante, arrebatándole la vida, a un hombre cumplidor que acudÃa a su trabajo.
RocÃo, presa del pánico, toma una mala decisión y huye del lugar y desde ese mismo instante su vida es un lamento.
Si no hubiera salido de fiesta otro destino tendrÃa, mi alma no penarÃa encerrada entre barrotes.
Yo quisiera amanecer abrazada por la nada,
sentirme desnuda y libre de ataduras que me oprimen:
las estrellas, por tejado,
como lecho, el verde prado
y los sueños navegando por ese mar encantado.
Cada amanecer es un comienzo,
es un volver a empezar,
es ese tesoro escondido,
es la oportunidad de cambiar.
Cada amanecer me dice:
Estás ciega, no me ves,
que te ofrezco la oportunidad de romper
con la rutina que te hace enloquecer.
Cada amanecer presiento que el mundo me pertenece, me siento segura y fuerte para hacer girar la rueda en el sentido contrario y arrojar por la ventana las cadenas que me atan.
Cada amanecer me ofrece un baile sin partitura, yo la puedo componer: cada nota será un sueño, cada clave, una ilusión, que conformarán el camino que me lleve a la libertad.
En este forjar la vida, en este baile sin partitura, no existirán las leyes, ni reglas que nos obliguen a vivir encarcelados, privados de libertad.
¿Pero sà un destino que nosotros podemos cambiar…?

