Capítulo XV – A Flor de Piel –

Cuando una persona atraviesa un brote psicótico, la forma en que percibe el mundo cambia profundamente. Si además esa persona es hipersensible, la experiencia se suele vivir con más intensidad aún.

Podemos hablar perfectamente de la cara y la cruz de una misma moneda: las “emociones” y “sensaciones” antes y durante el tratamiento. Cuando todavía no estás medicada, las emociones están desbordadas. Todo se siente y se magnifica demasiado, no hay filtros. La hipersensibilidad hace que el mundo entre a golpes; el dolor, el miedo o incluso el amor se viven con una intensidad casi insoportable. Es la cara: sentirlo todo, pero de forma caótica.

Pero luego viene la cruz. Y las emociones, esas que nos avisan de que estamos vivos, desaparecen: las lágrimas cuando algo duele, la risa cuando algo nos alegra, el enfado cuando algo nos hiere y la ternura cuando algo nos importa. Todo se va, y te sientes navegando en un mar inmenso sin rumbo ni timón.

Cuando uno se enfrenta a un proceso psiquiátrico muy fuerte, la factura que debe pagar es considerable.

Recuerdo cuando acudía a la consulta de mi psicóloga y le comentaba que no sentía nada, que vivía en un estado plano. Mis emociones habían desaparecido por completo y, en mi desesperación, siempre le decía: “¡Por favor, que me bajen la medicación! Quiero volver a ser yo, quiero sentirme viva”.

Ella nunca me hablaba directamente en términos de soluciones ni me daba recetas mágicas que arreglaran mis problemas. Porque, como bien decía, “yo no estoy en tu cabeza” y la solución a todo solo podía tenerla yo. En algunas ocasiones, me ponía ejemplos de otros pacientes, no para compararme, sino para hacerme pensar. Esos ejemplos contenían algo muy importante: me recordaban que no estaba sola, que lo que me estaba ocurriendo no me sucedía exclusivamente a mí, que a otras personas también les pasaba lo mismo.

Ojalá que con estos relatos consiga hacer sentir a alguno de ustedes que no están solos. Que son muchas las personas que, por un motivo u otro, sufren en silencio este tipo de vivencias. No sentir ningún tipo de emoción, ni física ni psíquica, te rebaja como ser humano a la expresión más mínima.

Pero no quiero dejarles con este mal sabor de boca, sin matizar que, cuando las pastillas van haciendo efecto y los delirios van remitiendo, gran parte de la medicación se retira y todo vuelve poco a poco a la normalidad. Es una dura realidad que hay que atravesar, pero cuando te vuelves a encontrar contigo misma, queda el convencimiento, al menos en mi caso, de haber pasado por un proceso que, pese a todo, me hizo crecer un poco más.
PSIQUIÁTRICO. Otro día más con la incertidumbre: ¿cuándo me darán la libertad?
Teníamos una habitación a la que los fumadores acudíamos demasiado a menudo. En aquella época, mi adicción se había incrementado debido a la ansiedad. Como es bien sabido, los locos no somos de fiar, así que, nada más entrar por la puerta, se nos despojaba de cosas que ellos consideraban peligrosas: calzado con cordones, cinturón, pañuelos, bolígrafos y, cómo no, el tan necesario mechero.
Así que, como anécdota, diré que teníamos uno para uso de todos y este colgaba de la pared, atado con una cuerda. La medida me parecía ridícula, más un gesto simbólico que una solución para que no hiciéramos cualquier barrabasada con él.

EL ESCONDITE

Mientras, cigarro tras cigarro, intentaba matar el tiempo y luchaba para que mis pensamientos negativos no se impusieran sobre los positivos, lo vi acercarse, muy despacio, casi se podría decir que sigilosamente.

Todos le conocíamos y éramos conscientes de su presencia, aunque a veces nos parecía casi fantasmagórica. Le podías encontrar en cualquier rincón de la planta, agazapado bajo la protección de cualquier mueble, emitiendo susurros acompañados de un llanto inconsolable.

Nunca me había dirigido la palabra. Lo único que sabía de él era que tenía 15 años y una timidez extrema que le impedía relacionarse con los demás. Cuando mirabas sus manos sentías una pena inmensa: las tenía destrozadas, llenas de grietas y ensangrentadas. Padecía un trastorno obsesivo-compulsivo que lo llevaba a lavárselas continuamente. Se las lavaba sin descanso, como si quisiera borrar algo que solo él veía.

Cuando entró en la sala de fumadores se dirigió a un pequeño espacio que había entre la última hilera de sillas y la pared y se sentó en el suelo, replegado. Sus ojos y su boca emitían un llanto contenido, un temblor que se quedaba atrapado en el pecho. Lloraba sin ruido, con la cabeza baja, como lloran los niños cuando aún esperan que alguien venga a buscarlos.

La pena y la curiosidad se apoderaron de mí. Me acerqué y me senté a su lado. “Mamá, mamá… ¿Por qué no vienes a buscarme? Mamá, mamá… ¿Qué hago aquí?” No supe qué decirle. Solo le miré y le acompañé en silencio para que no se sintiera solo, ese silencio en el que él siempre se refugiaba. Y mientras él nombraba a su madre, yo pensaba en mis hijos y también me preguntaba “¿qué hago aquí?”

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