Capítulo XI – Identidad y credibilidad –

Lo más relevante para mí, en una enfermedad mental de este tipo, es la pérdida de identidad y de credibilidad.

Es posible que, por mi forma de expresarme, parezca que esta dolencia ha sido un paseo de rosas; ni mucho menos. Fueron años muy duros en los que tuve que lidiar con tratamientos muy sedantes que me hacían sentir como un vegetal.

I dentidad. Las pastillas parecen estar diseñadas para anularte y para hacerte olvidar quién eres. Es como si tu mente fuera un ordenador que se resetea y vuelve, en limpio, a empezar de nuevo. Después de pasar cinco brotes o crisis a lo largo de siete años, cuando conseguía ir saliendo de ellos, me bajaban la medicación y empezaba a recuperarme. Siempre le hacía la misma pregunta a mi familia: “¿Pero yo soy así? ¿Esta es mi personalidad?”

Credibilidad. Exceptuando a mi marido y a mis hijos, que me conocen muy bien y nunca dudaron de mí, esta enfermedad te deja como si fueras una mentirosa. “Por un perro que maté, mataperros me llamaron”. Sobre todo con algunos facultativos con los que tuve que tratar muy a menudo: cada vez que les contaba algunos de mis proyectos, me miraban con cara de “¿qué me estás diciendo?”. Por eso, a día de hoy, cuando tengo mi visita anual con la psiquiatra —aunque ella es maravillosa y, después de tantos años, me conoce muy bien y sabe cómo soy—, siempre voy preparada con mi móvil para poder confirmar todo lo que cuento sobre mis actividades.

Psiquiátrico. 8h de la mañana: Como todos los días, la ronda de la enfermera a la que yo llamaba “la mujer de las pastillas de colores”. Estas son más que medicamentos: son pequeñas píldoras de luz y sombra que caen en mi garganta. Llegan como ofrendas inevitables: una rutina mecánica, manos que ofrecen, boca que traga, lengua que tienes que levantar para demostrar que no hay engaño. Cada dosis promete calma, pero también anula mi voluntad.

10h de la mañana: Las horas en este encierro pasan lentamente. Me encontraba en mi habitación intentando distraerme leyendo uno de los pocos libros permitidos en el centro —cualquier lectura no autorizada por ellos podía disparar mi imaginación y reiniciar mis delirios—, cuando empecé a oír un guirigay de voces en la habitación contigua a la mía. El chico que la ocupaba estaba escribiendo poemas y yo, emulando a las personas que estaban con él, le pedí uno.

Él me respondió con estas palabras:

A aquella mujer asturiana que un poema me pidió
le dedico de corazón estas letras que letras son,
Maricarmen te llamabas, igual que mi antiguo amor,
asturiana bonachona y hermosa como una flor,
cuarenta y siete años tenías y te juro por Dios
que aparentas veintidós.
Maricarmen, si sufres alguna vez depresión,
acuérdate de tu esposo y de esas dos ramitas en flor,
que son tus dos hijos y de un amigo que este poema te dedicó.
Salud.
Antonio.

Lección de vida aprendida. Tengo que decir que en esa época yo iba de guapa por la vida y solo me fijé en la primera parte del poema, la que me servía para engordar el ego que ya tenía. Fue después de un tiempo que, trasteando entre mis cosas, me encontré con esta enseñanza del camino. Al leer la segunda parte de ese valioso papel que tenía entre mis manos, sentí un nudo en el pecho y una punzada de vergüenza por no haber entendido antes lo que este chico estaba intentando decirme. Antonio, un fatídico día que él su coche conducía, un accidente sufrió: su mujer y sus dos hijas, que lo acompañaban en ese viaje, en ese lugar y en ese momento, las tres le dijeron adiós.
“Loco de pena vivía”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *