Este poema nace de un gesto antiguo: en los días de nordeste, las familias de Añoranza suben a la colina a soltar notas que el viento lleva a los que ya no están. Aquí, esa costumbre se vuelve acto de madre: una carta abierta a su hija, arrebatada antes de tiempo, donde el juego de “los mensajes al viento” se transforma en rito de amor y supervivencia.
El viento —cómplice, mensajero, puente— recoge lo que no cabe en la voz: la memoria, la rabia, el ruego y el deseo de seguir conversando. No es una elegía solemne, sino la persistencia de un vínculo: la infancia compartida que se rehace en cada misiva. Que estas líneas encuentren a quien las lea con la serenidad posible y, quizá, con la sensación de que, cuando el nordeste sopla, todavía es posible tocar a quienes siguen estando sin estar.
“Añoranza”, historia ganadora del II Concurso de Relatos No me llames Soledad, organizado por la Federación Asturiana de Concejos. Una emotiva narración en memoria de Bárbara García.
Añoranza
Ella siempre me decía “Madre, cuando tú ya no estés, el viento será nuestro cómplice, nuestro aliado, nuestro punto de conexión…”
Siendo muy niña, se acurrucaba entre mis brazos buscando calor, demandando abrigo, ávida de protección y me pedía una historia.
– Madre, de esas que te contaba a ti la tuya.
– Sí, mi amor. ¿Quieres saber a que jugábamos?
– Sí, madre, cuéntamelo…

– Pues en los días más fríos del invierno, cuando afuera la nieve todo lo cubría con su manto blanco, al calor del hogar jugábamos a inventar historias sobre duendes traviesos que por la noche nos visitaban. También a las adivinanzas y al “veo, veo”. Otro juego que nos encantaba consistía en adivinar cuántas ilustraciones podría haber entre dos páginas elegidas al azar de un libro.
– Madre, ¡vuelve a contarme el juego de los mensajes al viento!
– Sí, mi amor… Apoya la cabeza en mi pecho, ponte cómoda y escucha atentamente…
Esta familia tiene sus orígenes en un pequeño pueblo llamado “Añoranza”, en el que desde el inicio de los tiempos, niños y adultos se reúnen los días de nordeste en una colina en la que este se deja sentir más cercano, para jugar a lanzar notas que el viento dispersa y lleva a esos seres queridos que ya no están. Originalmente se hacía con hojas de castaño, avellano o alcornoque y cada hoja representaba un deseo diferente.
– Cuando yo era niña, mi amor, recuerdo acudir a esa colina junto con mi madre y algunos vecinos cercanos del pueblo. Allí sentíamos el nordeste de tal forma que nos hacía volar en el tiempo y nuestros recuerdos comenzaban a brotar como un manantial fértil y seguro de su camino.

La primera nota a Eolo, dios de todos los vientos, siempre era de mi madre para la suya, pues ya hacía unos cuantos años que nos había dejado. En ella le contaba cómo nos iban las cosas, que padre tenía trabajo y que ella cuidaba y alimentaba un par de vacas que había podido comprar, que mi hermano había terminado sus estudios y que yo, fuerte y segura, seguía el mismo camino.
Para terminar siempre le decía “Tranquila, madre, las cosas van bien. Guárdanos un buen sitio para cuando nos llegue el momento de reunirnos contigo”.
Todos los vecinos, uno a uno, iban redactando su nota, relatando todas las anécdotas y peripecias que la vida les había deparado, todo lo que habían conseguido y todo lo que habían perdido.
Todos sus sueños y deseos, al viento los lanzaban y al despedirse siempre decían “Os echamos de menos. Desde que os fuisteis, sentimos un gran vacío en el corazón”.
El viento soplaba fuerte y, complaciente, iba repartiendo por todas partes trocitos de papel con misivas para todos esos seres queridos que están, ya sin estar.
– Madre, y tú, en tus notas ¿qué pedías?
– ¡Ay, mi amor! Yo pedía que todas las personas a las que tanto quería que no me faltaran nunca.
Os preguntaréis por qué escribo sobre este juego, por qué cuento esta historia y no cualquier otra de las cientos de miles que se pueden narrar… Empecé este relato diciendo que a las dos nos gustaba jugar a lanzar al viento mensajes para los seres queridos que ya no están.
Por esa paradoja de la vida a la que, por más vueltas que le doy, mi corazón desgarrado por el dolor no encuentra explicación. Sí, mi hija, con cuarenta y cinco años, ya no está. La muerte, siempre presente en nuestras vidas, llegó con prisa y aleatoriamente se la llevó. En la lista, antes que ella, tenía que estar yo…
Era hermosa, empoderada, con un futuro brillante, esposa feliz y madre de dos hijos y además y sobre todas las cosas, era mi hija.

Ella ya se fue y yo, desesperada, los días en que nuestro aliado viento me visita, me siento en el quicio de la puerta y le escribo misiva tras misiva hasta que mi mano se adormece y la vista se me nubla de tanto componer. El viento es mi amigo, es mi mensajero, es el punto de unión entre ella y yo. Él me hace sentir que ella sigue acurrucada aquí, en mi pecho, y que aquellas pequeñas manos, juntas con las mías, juegan sin cesar al juego de estar con los que ya no están.
No tengo palabras para expresar lo que siento cuando voy por la calle y veo a esas madres felices charlando animadamente con sus hijas y la mía ya no está…
Viento, ayúdame, llévame hasta ella, porque mi vida no tiene sentido si no la tengo conmigo. Perder una hija es lo peor que le puede pasar a una madre, no hay dolor mas grande ni vacío más inmenso. Tengo que seguir viviendo, no tengo elección, pero será una vida con aflicción, será una vida con dolor. ¡Viento, viento, llévale todo mi amor!
Intento encontrar un resquicio por el que poder llegar a algo que me alegre el alma, pero mire donde mire, en el lugar mas recóndito de mi misero cuerpo, solo encuentro gran dolor e inmensa pena.
El corazón desgarrado y hecho pedazos no encuentra consuelo, pues nada en esta vida puede suplir esta gran pérdida.
Aunque salga el sol cada mañana, aunque el jardín rebose de flores en primavera, aunque después de la tormenta nos acompañe la calma y la mar nos muestre que ya está serena, mi corazón seguirá triste y mi alma en duelo, pues, por muchos años que viva, y por muchos que desee tenerte conmigo y quererte conmigo y quererte, ya nunca mas te veré. Ni podré tocarte ni besarte y la impotencia y la rabia se apoderan de mí y, sin yo quererlo, hacen que sienta un odio infinito hacia todo lo que me rodea.
¿Por qué todo sigue su ritmo, nada se altera, todo está y ella no?.
Deseo tenerte y acariciarte y ya no puedo.
Para todas esas madres que están es esta situación, no hay palabras que deciros que calmen nuestro dolor. Los recuerdos no nos bastan, solo avivan la desazón.
Viento, viento, a esos hijos que se fueron, llévales todo nuestro amor.
Carmen Alonso